Por Héctor Manuel Castro
El sol entró por mi ventana a eso de las 6 de la mañana. La noche anterior había cometido el grave error de bajar las cortinas de mi cuarto y lavarlas, por lo que tuve que soportar los fuertes rayos de luz sobre mi cara llena de lagañas. Mi cuarto estaba totalmente iluminado gracias a mi estupidez. La única manera en la que soy capaz de dormir es cuando la oscuridad gobierna mi espacio. Yo no soy una de esas personas que extrañan la cama, mucho menos la almohada, o la novia, no; lo único que necesito para conciliar mi sueño es oscuridad, pero esa mañana el clima de Miami conspiraba para que me levantara más temprano de lo habitual. Sin pensarlo mucho, salí de mi cama enfurecido conmigo mismo, e intenté colgar de nuevo las cortinas, pero aún permanecían mojadas y arrugadas. Fui a la cocina, abrí la nevera y quise tomarme un jugo, pero desde que mi novia está fuera de la ciudad he olvidado ir al supermercado, así que lo único que quedaba dentro del refri, era hielo, unas cuantas papas, salsa de tomate y dos zanahorias. Como todo un sobreviviente de mi locura, pelé una zanahoria y me la comí con salsa de tomate. Luego me metí al baño por media hora y comprobé que la salsa de tomate no se debe mezclar con las hortalizas viejas. Me bañé al ritmo de mis notas desafinadas, y después me fui a mi cuarto a vestirme. Estaba contento porque estrenaría una hermosa corbata verde que me había traído una amiga desde Holanda, la que además me regaló unos calzoncillos tanga de color rojo. Solamente me estrené la corbata, ya que cuando me medí las tangas me di cuenta que mis nalgas necesitan protección, además no soporto nada dentro de mi trasero. En fin, la corbata estaba linda. Salí de mi casa rumbo al canal de televisión donde trabajo. Eran las 7 de la mañana cuando arribé a mi oficina. Por un momento pensé que sería el primero en llegar, pero no fue asi. Cuando entré, estaba el director de noticias sentado en su oficina con cara de funeral. - Buenos días-, manifesté a mi jefe, mientras modelaba mi corbata nueva - Hola Héctor-, me contestó como si le pesara la lengua. Inmediatamente sospeché que al tipo como mínimo lo habían echado de su casa, ya que su cara de trasnocho y su pelo alborotado daban la certera impresión que algo malo pasaba en su vida. Pese a que yo había madrugado demasiado y saboreado el amargo desenlace de “mi desayuno”, algo me llenaba de energía y positivismo. Esa mañana mi espíritu estaba tan tranquilo, que la larga cara de mi jefe era un antónimo irrefutable de mi vitalidad y alegría. Uno a uno, todos los empleados del canal fueron llegando. Buenos días por aquí, holas por allá, besos por aquí, saludos por allá; pero el jefe seguía con cara de muerto y optaba por guardar un férreo silencio sepulcral. 8:01 am. Suena mi teléfono. Es uno de los editores de noticias, con el que he hecho muy buena amistad. Me dice con voz de ultratumba - Héctor, ¿escuchaste el rumor?- - ¿Cuál rumor?- - Parece que hoy harán un recorte de personal. No sabemos a cuantos despedirán-. En ese momento siento que la zanahoria que me comí en la mañana comienza a hacer de las suyas. Le respondo que no había escuchado nada, y le doy ánimos diciéndole que él es un gran editor y la empresa no querrá perderlo.
El nudo de la corbata comienza a apretarme el pescuezo, por lo que lo aflojo un poco y respiro profundamente, agradeciendo no tener la tanga puesta pues ya me la hubiera comido de los nervios. De un momento a otro, el jefe llama a su oficina a uno de los periodistas del canal. La puerta se cierra por unos minutos y luego el pobre reportero sale con los ojos rojos, y nos dice a todos: “¡Me echaron!” El pánico se apodera de la sala de redacción. El ambiente se torna inseguro, se paraliza el tiempo y con él mis actividades. Uno a uno, el malvado jefe va llamando a muchos de los presentes. Todos salen de su oficina con la expresión de angustia en sus rostros. Unos lloran, otros más tranquilos maldicen su suerte, y otros no lo pueden creer. Rezo hasta las oraciones que no me se, pidiendo que el momento de mi muerte laboral no me alcance. Suenan las trompetas, el Apocalipsis de mi jornada ha llegado, y con él, el sonido de mi nombre proveniente de los verdugos labios del jefe. Camino hacia su oficina como si caminara hacia el lugar donde voy a ser ejecutado. En la mitad del salón una horca espera por mi cabeza. El jefe me amarra la corbata verde alrededor del cuello y palmoteando mi espalda me arroja al vacío del desempleo, argumentando problemas con la industria de la televisión a nivel nacional. Ha sido una masacre laboral. 38 empleados despedidos. Más tarde me doy cuenta que otras cadenas de televisión han hecho lo mismo ese día. Un total de 200 personas han quedado por fuera de la industria de la televisión, debido a la crísis económica actual. Decido salir a tomar aire, pero me entra el hambre y mejor voy a la cafetería a saborear mi última cena. Allí me encuentro al director de la página de internet del canal, quien ya es sabedor de mi suerte.
-Que linda corbata-, me dice. Yo le lanzo una sonrisa fingida e intento no entrar en detalles. -Héctor he escuchado lo que ha pasado y quiero hablar contigo-. Sin imaginármelo me ofrece trabajo escribiendo la página web del canal. - Puedes comenzar mañana si quieres-, finaliza. Agradeciendo al cielo por este milagro, regreso a la funeraria de redacción, queriendo abrazar a todos, pero al ver las caras largas de mis colegas opto por controlarme. Decido tomarme la tarde libre, y salir a comer. Luego voy al supermercado y abastezco mi nevera, y finalmente seco las cortinas y las cuelgo de nuevo, pues debo dormir bien ya que mañana comienzo mi nuevo trabajo.

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