Por Héctor Manuel Castro
A sus 82 años, doña Fabiola Herrera está postrada en su cama, una osteoporosis senil la ha imposibilitado de tal manera que no puede moverse sin dolor. La enfermedad también se ha apoderado de sus ojos, produciendo la pérdida casi total de su visión. Sus articulaciones ya no responden a las órdenes de su cerebro. Pero para ella, lo que verdaderamente atormenta sus días no son las dolencias de su cuerpo, lo que más le duele es saber que su hijo Andrés, está acabando la vida encerrado en una cárcel de Miami, juzgado por tráfico de drogas.
De sus inservibles ojos, comienza a emanar llanto, y con dificultad aprieta el pañuelo que tiene en su mano izquierda y como puede se seca las lágrimas.
-La última vez que lo ví fue hace 8 meses, cuando cumplió sus 50 años. Me acuerdo que fuimos todos a visitarlo y le cantamos. Ese día me abrazó y me pidió perdón. Mi muchacho no merece vivir así-, y nuevamente comienza a llorar.
Doña Fabiola acepta su culpabilidad en la situación que padece su hijo Andrés, y se muestra totalmente arrepentida por nunca haberle aconsejado que dejara de trabajar de manera ilegal.
-Yo pienso que si le hubiera hablado a tiempo, él de pronto me hubiera hecho caso y hoy no estaría encerrado, pero es que yo me fui acostumbrando a los viajes por el mundo, a vivir en una mejor casa, a pasear. Soy la culpable directa de lo que ha pasado, y no tengo perdón divino-, manifiesta ella con una mueca de dolor que sale de su alma.
NO ME ARREPIENTO DE MIS ACTOS, PERO SI DE MIS ERRORES
A diferencia de su madre, Andrés no guarda remordimiento alguno por la manera en que vivió su vida. Desde muy joven comenzó a trabajar en el ilícito negocio del narcotráfico, llegándose a convertir con el paso de los años en un reconocido jefe de las drogas en Colombia. Por allá en la década de los 80’s, se asoció con importantes capos colombianos con quienes construyó un incalculable emporio económico.
-Yo los conocí a todos, a Pablo, a Lehder, al mexicano, a los Ochoa, a todos-, comenta Andrés, recordando a los principales jefes del narcotráfico, mientras se organiza la solapa de su uniforme caqui claro, que lo distingue como un interno más, en medio de los visitantes al centro penitenciario.
La industria del narcotráfico en Colombia, se remonta a principios de la década de los 70, cuando un grupo de traficantes comienza a enviar pasta de coca hacia Los Estados Unidos, y funda el Cartel de Medellín, principal organismo de la mafia colombiana.
El Cartel de Medellín, se afianza como una exitosa organización delincuencial, generando en sus comienzos un ingreso mensual de 60 millones de dólares, y creando una economía ficticia a lo largo y ancho del territorio nacional. Miles de personas se enriquecen ilícitamente, y la lucha del gobierno para contrarrestarlo, inicia una macabra época denominada narcoterrorismo.
Andrés es uno de los escritores de este cruel capítulo en la historia de una desangrada patria, pero ahora, encerrado en una celda, lo único que dice lamentar es la confianza que depositó en algunas personas.
-Mirá, yo se que cometí graves errores, y por eso estoy aquí pagando las consecuencias, pero no te alcanzas a imaginar cómo me duele que me hayan traicionado-, e inmediatamente su pálido rostro se torna rojizo, sus ojos se llenan de rabia, y con el puño cerrado golpea la mesa.
-Me arrepiento de haber confiado-, dice el hombre hablando entre dientes.
Y es que Andrés es un hombre conciente de su situación, que acepta con calma la larga sentencia que aún tiene por delante, asumiendo con valentía la soledad en que se encuentra sumergido, el olvido de aquellos que él ama, el desprecio de quienes aún lo recuerdan, y el odio de muchos otros que lo culpan del presente de su país.
-Un juez me sentenció a 25 años de cárcel. Al principio pensé que no iba a ser capaz de soportar mi condena, pero ya ves, he pagado 12 años y aquí sigo en pie, dispuesto a finalizar lo que me queda como todo un varón-, añade.
Andrés conoce la situación en la que se encuentra su mamá, y con dolor acepta que probablemente nunca la volverá a ver de nuevo, ya que debido a su delito, no goza de ninguna inmunidad de rebaja de penas.
- Mi mamá se me va a morir en cualquier momento, y ahora que está tan malita me duele aceptar que no puedo verla más- respira profundamente, -pero así es esta vida y que le vamos a hacer-, dice sacando fuerzas de donde no las tiene, y por primera vez sus ojos se llenan de lágrimas.
-Y todo por culpa de mi cuñado que me vendió-, aduce con ira.
El hermano de su esposa, trabajaba junto a él en el próspero negocio ilícito de la familia. La cercanía de los dos hombres, conspiraba para que la confianza fuera determinante en la turbia empresa, y en cuestión de un par de años, ambos poseían enormes cuentas bancarias en el exterior, múltiples activos por doquier, e ilimitados lujos que rayaban en lo absurdo.
-Yo confié plenamente en ese miserable, pero él nunca quiso aceptar que yo era el jefe y por lo tanto tenía que obedecerme-, recuerda Andrés, -sin embargo, yo lo prefería, le enseñé muchas cosas para sobrevivir en este campo, lo protegí y le di una posición importante. Lo hice respetar-, comenta.
La fiel amistad que Andrés y su cuñado se profesaban, se desarticuló una mañana de abril de 1996, cuando las autoridades norteamericanas mediante un impecable operativo, capturaron a Andrés en una hacienda en las afueras de Boca Ratón, Florida. En su poder tenía una serie de expedientes que lo vinculaban con el tráfico de sustancias alucinógenas, y con el Cartel de Medellín.
-El único que sabía de mis movimientos era él. Sin escrúpulos me vendió para apoderarse de los negocios. Tuve confirmación años después de la traición efectuada-, dice Andrés, quien por primera vez permanece tranquilo al referirse al traidor. –Yo pude haber contado muchas cosas aquí adentro, y muchos se hubieran perjudicado, incluyéndolo a él, pero yo no soy esa clase de persona. Un hombre de verdad acepta sus errores-.
A pesar de la eterna condena que Andrés ha pagado, y de los tormentosos años que aún le quedan, el arrepentimiento por sus acciones pasadas no hace parte de sus palabras, como se pudiera esperar. Lo que si queda claro es el dolor por la traición perpetrada por su hombre de confianza.
UN SOLO DESEO: VENGANZA
-Sólo le pido a mi Dios que no me deje morir en ésta cárcel, que me permita salir al menos media horita, para visitar a mi madre o a su tumba, y para saldar cuentas pendientes con el culpable de mi desventura-, comenta al momento en que una alarma suena fuerte, indicanco que la hora de las visitas ha concluído.
Andrés, finge una sonrisa y se despide. Sin prisa comienza a adentrarse al recinto donde debe permanecer durante otros 13 años de su vida, y en el que tendrá que padecer la inevitable muerte de su madre, el deterioro de su cuerpo, y el paso del tiempo que se hace tan largo y doloroso como el que lleva en su alma. El dolor de una traición y la sed de su venganza.

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